¿Adiós al pensamiento de Friedman?

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El propósito que debería tener una empresa es una cuestión fundamental que genera un amplio debate en nuestra sociedad. Desde hace años, esta cuestión parecía estar relativamente clara, pero en el siglo XXI se están produciendo indicios que podrían delatar ciertos cambios en esta materia.

¿Adiós al pensamiento de Friedman?

Rueda de prensa de la Business Roundatble del pasado agosto. La asociación norteamericana compuesta por los CEOs de las mayores compañías de USA y fundada al amparo de los preseptos de Friedmann, ha decidido virar hacia una posición más inclusiva, de forma que los beneficios de las compañías se hagan extensivos a los stakeholders

Artículo publicado originalmente en InfoPLC++ Magazine #17 Especial Perspectivas Industriales 2020

Definir el propósito de una compañía no es un tema baladí. A lo largo del tiempo, han reflexionado ampliamente sobre este asunto multitud de economistas, políticos, filósofos y otros colectivos.

Los últimos 50 años han estado marcados por una frase que profirió el economista Milton Friedman: “el único propósito de una compañía es maximizar el beneficio de sus accionistas”. Según Friedman, lo más óptimo es que sean los propios accionistas (shareholders) quienes decidan qué hacer con sus dividendos y no que un CEO lo haga por ellos, participando libremente en aquellas iniciativas sociales que les interesen.

Friedman fue una luminaria del siglo XX que hizo numerosas aportaciones a la economía. Se le concedió el Premio Nobel en 1976 y fue uno de los fundadores de la Chicago School of Economics, además de asesor del Gobierno Reagan y de Margaret Thatcher. Años después de pronunciar aquella célebre frase, se produjo la caída del muro de Berlín. En 1992, el politólogo americano Francis Fukuyama, publicó su best-seller El fin de la historia y el último hombre. Afirmaba que “el claro triunfo de las democracias liberales traería el fin de las guerras y de las revoluciones sangrientas, de forma que las personas podrían satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica, sin necesidad de arriesgar sus vidas en batallas”.

Milton Friedman asiste a una cena benéfica en su honoren Beverly Hills en de 1986. Según Friedman, lo más óptimo es que sean los propios accionistas quienes decidan qué hacer con sus dividendos y no que un CEO lo haga por ellos, participando libremente en aquellas iniciativas sociales que les interesen. Actualmente, la Business Roundtable se desentiende de estos preceptos

Pero ha llovido mucho desde esa época y las cosas parecen estar cambiando lentamente. Grandes temas como la cuestión del cambio climático o la desigualdad social son drivers que están induciendo presión en las organizaciones y en su modo de operar. Quizá las compañías más grandes del mundo serán las que puedan marcar una tendencia más visible. Las ocho empresas que encabezan la selecta lista son: Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet, Berkshire Hataway, Facebook, Alibab y Tencent. Todas son tecnológicas, con la excepción de Berkshire Hataway. La concentración de poder en estas empresas es cada vez mayor. Tienen modelos de negocios basados en plataformas, que les proporcionan un control elevado de las actividades que desarrollan y una alta escalabilidad que les asegura mantener el crecimiento en un futuro.

Inquietudes emergentes

En este contexto, varios actores de primera línea sugieren cambios en relación al pensamiento de Friedman.

Raghuram Rajan, ex gobernador del Banco de la India, actualmente profesor de la Universidad de Chicago, aboga claramente porque las compañías tengan una nueva variable para determinar el valor de una organización, de forma que se integre la inversión que canaliza hacia sus stakeholders (accionistas, trabajadores, clientes, comunidad, etc). Satya Nadella, CEO de Microsoft, resalta que una empresa requiere tener un “sentido de propósito en su misión”, de forma que, por un lado, pueda alinearse con las necesidades del mundo y, por el otro, le ayude a hacerse con la confianza del público en general… Nadella sentencia de forma clara: “es nuestra obligación moral”.

En la escena española, por ejemplo, la Asociación para la Búsqueda de la Excelencia (ABE) hace tiempo que apuesta por unir la buena gestión con los valores, como único camino para alcanzar la excelencia.

Esta corriente a favor de una mayor responsabilidad social en la empresa también se propaga internamente por la misma. Por ejemplo, hay compañías tecnológicas con fuerte activismo de sus trabajadores, como es el caso de Google. Parte de su fuerza laboral ha propiciado que la compañía deje de suministrar tecnología AI en aplicaciones para drones de ataque militar. Incluso ha conseguido que Google haya retirado su oferta en la puja por un atractivo contrato de 10.000 millones de dólares, relativo a las aplicaciones del Pentágono en la nube, concretamente el denominado JEDI (Joint Enterprise Defense Infrastructure). El ganador de este pedido fue Microsoft, que se llevó el contrato en pugna con Amazon. Pero esta última, tampoco se libra del activismo interno, en su caso orientado a evitar que se materialicen contratos en la nube destinados a empresas de oil & gas.

La métrica necesaria

Muchos afirman que dejar el propósito de una empresa en manos del CEO puede conducir al denominado “problema del agente”, un conflicto que surge al intentar alinear los intereses de distintos actores. En cualquier caso, se requiere un sistema en que el trabajo de los directivos pueda ser valorado por el alcance de ciertos objetivos vinculados al propósito de la compañía.

Un enfoque que prevalece es que sea la propiedad (accionistas) la que determine los objetivos de la empresa en esta espinosa materia. No obstante, también son sus clientes y el público en general los que van a influir y ejercer presión, con tal de conseguir encauzar ese propósito hacia causas que no necesariamente van a coincidir con la filosofía Friedman.

Así que para encaminarse hacia una era post-Friedman, es aconsejable mitigar primero ese problema del agente; en este sentido, la propuesta de Raghuram Rajan puede ser un buen inicio. Pero para que sea operativa, es necesario disponer de métricas claras. Serán necesarias una batería de variables que puedan medirse de forma objetiva, con tal de poder extender beneficios a los stakeholders y a la sociedad en su conjunto, si se considera que es lo oportuno. A partir de aquí, entramos en terreno desconocido.

Es precisamente en este punto cuando entran en juego las propuestas ESG (Enviromental, Social and Governance), que aunque se encuentran en estado de desarrollo inicial, se posicionan como una valiosa herramienta con la que intentar solventar parte de este puzle económico-social.

En principio, los criterios ESG están concebidos para influir en decisiones de inversión financiera. Se configuran en tres grandes grupos, de acuerdo con las letras que integran su acrónimo: medioambiente (reducir la carbonización, promocionar de tecnologías verdes, etc), gobernanza (ética, buenas prácticas de management, etc) y social (igualdad de género, contribución a ONGs, derechos de los trabajadores, etc). Es constatable que la inversión ESG ya registra un sensible crecimiento. Aunque no se disponen de datos recientes, a comienzos de 2018 ya se habían invertido más de 30 Billones de dólares en fondos o instrumentos ESG, según la Global Sustainable Investment Alliance.

En cualquier caso, para estructurar la propuesta y conseguir mayor transparencia y efectividad, es deseable crear índices de actividad ESG en distintos apartados y sub apartados. En este sentido, la implicación de compañías de gestión de índices, como MSCI, Bloomberg o FTSE Rusell, podría ayudar sustancialmente a impulsar el desarrollo de una cesta de índices variados que proporcionen la referencia de medición deseada para cada caso en particular.

La valoración de las acciones

Agencias de calificación de riesgo, como Standard & Poor's o Moody's, seguirán siendo las encargadas de emitir informes de las empresas, pero incluyendo ciertos criterios ESG.

Las empresas tecnológicas en general y las Fintech en particular, pueden contribuir considerablemente al desarrollo ESG, aportando experiencia y tecnología para esta medición. En esta situación, cada inversor, por pequeño que sea, podrá escoger de acuerdo con sus preferencias o sensibilidad, hacia adónde fluyen sus recursos.

En el ámbito ESG, hay productos financieros existentes que han llegado para quedarse. La emisión de bonos de deuda es un ejemplo: bonos sociales (capital para la mejora del bienestar social, reducción de vulnerabilidad y marginación, etc.), bonos de impacto social (pagan la prima del bono cuando se consiguen determinados objetivos sociales) o bonos de sostenibilidad (capital destinado a actividades medioambientales o sociales), son algunas de las posibilidades.

Otro aspecto fundamental para el éxito de estas iniciativas es la implicación de las instituciones, como puede ser la UE, elaborando reglamentación ESG o canalizando fondos hacia distintas alternativas relacionadas con ESG.

Los criterios ESG (medioambiente, gobernanza ética e impacto social) comienzan a ser incluidos por las más importantes agencias de calificación de valores

Otro tema interesante es la formación para los futuros directivos de las compañías. Aquí también se registran cambios. Ya se disponen de cursos con sesgo ESG. Por ejemplo, la Harvard Business School ofrece un programa de 5 años, denominado Leadership and Corporate Accountability, que enfatiza la responsabilidad de las empresas hacia un campo más amplio que el tradicional.
Este entorno que se genera va a influir o incluso determinar el futuro de muchas compañías. Fondos soberanos de países o de grandes colectivos de inversión, pueden decidir no invertir en empresas que no cumplan con ciertos requisitos ESG, con las consecuencias que puedan derivarse para la base de negocio de esas compañías. Un ejemplo es el Fondo Soberano de Noruega, con un patrimonio superior a 1 Billón de euros, que ya ha dejado de invertir en compañías que no cumplan con ciertos criterios ESG.

Mark Carney, Gobernador del Banco de Inglaterra, ha manifestado su preocupación por los balances de las instituciones financieras en el futuro, en cuanto que contengan préstamos o deuda de organizaciones que no cumplan ciertos criterios ESG (especialmente especialmente). Habla de arbitrar nuevas “pruebas de stress” para las entidades financieras (principalmente bancos y aseguradoras), algo que se enmarca en lo que denomina “la tragedia del horizonte”.

El punto de inflexión

El pasado mes de agosto apareció en la prensa una noticia sorpresiva: la potente asociación norteamericana Business Roundtable, compuesta por los CEOs de las mayores compañías de USA, anunció un cambio de rumbo en su filosofía. La Business Roundtable se fundó en 1978, con una misión en la más pura línea Friedman, que ha permanecido inalterada durante todos los años de su existencia.

Ahora, son los propios directivos de estas empresas los que manifiestan la necesidad de introducir un ajuste en el rumbo. Han decidido cambiar la misión de la Business Roundtable hacia una posición más inclusiva, de forma que los beneficios de las compañías se hagan extensivos a los stakeholders. Concluyen que, para que una empresa pueda asegurar su futuro a largo plazo, es necesario que la responsabilidad social de la compañía quede suscrita en su propósito.

Los líderes de la Business Roundtable creen que tienen una responsabilidad en construir una economía fuerte y sostenible en USA. Lo traducen como inversión en sus empleados, clientes y comunidades en que operan. Se comprometen a diseñar soluciones, junto a otros partners procedentes de la esfera pública, privada o con instituciones sin ánimo de lucro. Aunque su intención está clara, habrá que esperar a ver los detalles de cómo se va a articular la iniciativa.

Keynes también lo intentó

Los dos economistas más influyentes en el siglo XX, según la revista The Economist, fueron Milton Friedman y John Maynard Keynes.

Keynes también dedicó tiempo y esfuerzo a reflexionar sobre este delicado y complejo tema, en cuanto a definir el propósito de una compañía. Desde luego, no dio con una frase lapidaria como la que profirió Friedman. Ni siquiera consiguió arbitrar una propuesta explícita clara, en contraste con otras cuestiones que abordó brillantemente a lo largo de su carrera. En su libro titulado The End of Laissez-Faire, concluyó que el propósito de una empresa está relacionado con “conseguir una organización social tan eficiente como sea posible, pero sin ofender nuestras nociones de vida satisfactoria”.

Es difícil calibrar si nos encaminamos hacia una era post-Friedman, pero hay aspectos relevantes que parecen confirmar ese inicio de tendencia. La tecnología podría ser un facilitador.

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